domingo, 6 de abril de 2008

El extraño caso de los mensajes repetidos (1 1/2)


A los frecuentes inconvenientes que tenemos para mantener esta oficina, se ha sumado una serie de infortunados sucesos que han impedido que podamos continuar con la narración del extraño caso que tuvimos a nuestra pesar resolver.
Y es que mientras más pasa el tiempo más parece perderse aquellos oscuros eventos en el que nos vimos envueltos, y no sólo las circunstancias y los días, sino las mismas palabras nos alejan y mientras más las repitamos más lejos estaremos de aquello que alguna vez ocurrió.
Pero dejando mis vacuos discursos es mejor volver a los hechos, luego de publicar la última entrada el computador colapsó: un larga serie de preguntas a la manera de un crucigrama impedían el acceso a cualquier programa o página de la red. Tras algunas dilaciones el hermano de Liliana arregló el sistema.
De hecho estuvo tomando un ceviche con Marlowe y al parecer tuvo algún conocimiento de Inze. Incluso afirma haberlo visto apenas tres días antes, tomando notas sobre un robo que ocurrió hace ya casi más de medio siglo. Marlowe siguió indagando sin sacar mucho en claro. Mientras tratamos de rehacer nuestra historia, y vemos como cada vez se transforma hasta convertirse en una suma de partes que poco dice sobre lo qué sucedio, fumamos sin ver que en la penumbra aún relumbran algunas señales (casi como vestigios) que tal vez quizá pudiesen iluminar lo sucedido. O tal vez demostrar que no estamos ante un suceso grave y funesto, sino el simple simulacro que nuestros torpes sentidos no han conseguido distinguir.


Primera Enciclopedia de Lectores (7)

(Elevado al cuadrado, y aun al cubo)

Mamá se sentó junto a mi cama; había cogido Francois le Champi, libro que, por el color rojizo de su cubierta y su título incomprensible, tomaba a mis jos una personalidad definida y un misterioso atractivo. Yo nunca había leído novelas de verdad. Oí decir que Jorge Sand era el prototipo del novelista. Y ya esa me predisponía a imaginar en Francois le Champi algo indefinible y delicioso.Los procedimientos narrativos destinados a excitar la curiosidad o la emoción, y algunas expresiones que despiertan sentimientos de inquietud o melancolía, y que un lector un poco culto reconoce como comunes a muchas novelas , me parecían a mí únicos -porque yo consideraba un libro nuevo, no como una cosa de la que hay otras muchas semejantes, sino como una persona única sin razón de existir más que en sí misma- y se me representaba como una emanación inquietante de la esencia particular a Francois le Champi. Percibía yo por debajo de aquellos acontecimientos tan corrientes, de aquellos cosas tan ordinarias y de aquellas palabras tan usuales algo como una extraña entonación, como una acentuación rara. La acción comenzaba a enredarse; y la encontraba oscura con tanto más motivo que, por aquel tiempo, muchas veces, al estar leyendo, me ponía a pensar en otra cosa por espacio de páginas enteras. Y las lagunas que esta distracción abría en el relato, se añadía, cuando era mamá la que me leía alto, el que se saltaba todas las escenas de amor. Y todos los raros cambios que suceden en la actitud respectiva de la molinera y del muchacho, y que sólo se explican por el avance de un amor que nace, se me aparecían teñidos de un profundo misterio, que yo creía que tenía su origen en ese nombre desconocido y suave de "Champi", nombre que vertía, sin que yo supiera por qué, sobre el niño que le llevaba, su color vivo, purpúreo y encantador. Si mi madre no era una lectora fiel, lo era en cambio admirable para aquellas obras en que veía el acento de un sentimiento sincero, por el respeto y la sencillez de la interpretación y por la hermosura y suavidad de su tono.En la misma vida, cuando era personas vivas y no obras de arte las que excitaban su ternura o su admiración, conmovía el ver con qué deferencias apartaba de su voz, de sus ademanes o de sus palabras el relámpago de alegría que hubiera podido hacer daño a esa madre que perdió un hijo hacía tiempo; el recuerdo de un día de cumpleaños o de santo que trajera a la mente de un viejo sus muchos años, o la frase de asuntos domésticos acaso desagradable para este joven sabio. Asimismo, cuando leía la prosa de Jorge Sand, que respira siempre esa bondad y esa distinción moral que mi abuela enseñara a mi madre a considerar como superiores a todo en la vida, y que mucho más tarde la enseñé yo a no considerar como superiores a todo en los libros, atenta a desterrar de su voz toda pequeñez y afectación que pudieranponer obstáculo a la ola potente del sentimiento, revestía de toda la natural ternura y de toda la amplia suavidad que exigían a estas frases que parecían ecritas para su voz y que, por decirlo así, entraban cabalmente en el registro de su senbilidad. Para iniciarlas en el tono que es menester encontraba ese acento cordial que existió antes que ellas y que las dictó, pero que las palabras no indican: y gracias a ese acento amortiguaba al pasar toda crudeza en los tiempos de los verbos, daba al imperfecto y al perfecto la dulzura que hay en lo bondadoso y la melancolía que hay en la ternura, encaminaba la frase que se estaba acabando hacia la que iba a empezar, acelerando o conteniendo la marcha de las sílabas para que entraran todas, aunque fueran de diferente cantidad, en un ritmo uniforme, e infundía a esa prosa tan corriente una especie de vida sentimental e incesante.
-Por el camino de Swann
(En busca del tiempo perdido)
Marcel Proust

Sabiduría Presidencial # 3

Después de un largo periodo de receso, el Sr. Uribe nos ha obsequiado, una vez más, un pequeño aserto lleno de hondura y sapiencia. Si alguna persona duda de nuestra improbable veracidad mejor remítase al video que contenga la grabación del Consejo Comunal celebrado el día de ayer, 5 de abril de 2008. Para aquellos que no estén acostumbrados con semejante terminología mejor será aclarar que en Colombia abundan las religiones políticas, y que está congregación (hoy en su clímax) se reúne todos los sábados y domingos (usualmente) a lo largo y ancho de todo el país. Como cualquier creencia hacen votos de fe, y repiten una y otra vez los sonsonetes a los que se aferran los ingenuos y los farsantes.
Pero dejándonos de innecesarios preámbulos acotamos que la declaración se hizo después de que el mismo Sr. Uribe despidiera a una funcionaria por una de las muchas corruptelas que practica esta administración. Lógicamente el espéctaculo estaba a la orden del día, y cuando Sr. Uribe trataba de dar a entender que a este gobierno no le tiembla el pulso para combatir la corrupción, soltó esta perla que aún hoy no tiene pensando:

..., porque en este gobierno no hay tiempo para pensar.

No hay necesidad de preguntar si Sr. Uribe dijo algo de más.

viernes, 21 de marzo de 2008

El extraño caso de los mensajes repetidos (1)




Finalmente un caso. Y parece que de él se desprenda el fin de esta humilde e insignificante oficina. Como hace días escribí hace semanas medito en cómo narrar esta historia (juro que no uso esto como la artimaña archimanida que tanto escritor o escritorzuelo utiliza para empezar a eso que algunos indeseables denominan el "bello arte de narrar"), pero mis torpes capacidades y mi poco perpicaz visión de lo ocurrido me ha sugerido que quizá sea mejor reducirme al silencio, a callar como una manera de no alterar una serie de hechos que en su conjunto quizá no explique nada, y por tanto no tengan sentido alguno.
No obstante, las noches cada vez se extienden más, el silencio se vuelve cada vez más opresivo, la necesidad de escribir se me impone como medida desesperada para aliviar (tal vez sólo por ahora) mis rutinarias pesadillas. O quizá exagero. Bien visto lo que ocurrió no hizo sino, como diría un escritor que me gusta bastante, romper corazones que ya están rotos. Y ese fue como mucho su mayor daño, además de una o dos víctimas (algo que los gringos por ejemplo llamarían daños colaterales).
Creo que todo empezó cuando Carlos R. Inze solicitó nuestros servicios. El Sr. Inze se dedicaba desde hace más de dos décadas a elaborar crucigramas para dos de los diarios de mayor circulación del país. En su tiempo libre se dedicaba a escribir novelas y uno que otro poema épico, según sus palabras. Hasta el día en que nos contactó había presentado tres de sus novelas sin mayor éxito, e incluso a una empresa que como fachada para el lavado de dólares publicaba libros de superación (y aún en esta fue rechazado). Pero ello no arredraba a Inze, estaba seguro de la justicia poética (de nuevo son palabras de Inze, y él fue el único responsable de ellas). Mal que bien Inze se conformaba con su vida de anónimo inventor de enigmas (porque todas sus novelas siempre versaban sobre enigmas, usualmente irresolubles, que en el fondo querían mostrar el sinsentido de la existencia de la vida desde el punto de vista de un periodista, teniendo en cuenta una vez más que es la declaración del cliente). Sin embargo, todo cambio un mes antes de venir a pedir nuestros servicios. Empezó a recibir pequeñas hojas con notas como la siguiente: Algunos matan y luego lloran. Otros, ni tan siquiera eso. Inze alertado, trató de averiguar quién estaba detrás de tales mensajes. Sus sesudas investigaciones alcanzaron a atisbar que quién estaba detrás de aquellos mensajes era una organización que tenía como plan acabar con todo resquicio de nueva literatura para reemplazarla por literatura facsímil, copia apenas disfrazada, plagio con inversión de preposiciones, y otras cosas por el estilo. Según Inze se le pensaba asesinar como a otros escritores mientras la organización imponía sus siniestros propósitos, entretanto ellos actuarían como conjurados que siguen un plan escrito en las estrellas, ibíd aclaración ya referida.
Tanta investigación no había hecho caer en cuenta a Inze que las frases que le llegaron eran de un mismo libro: Herzog de Saúl Bellow. Ni Marlowe ni yo lo hicimos entrar en razón. Inze decía que estábamos dejándolo a su suerte, que luego tendría que cargar con la responsibilidad de su muerte, pero principalmente el de impedir que su obra conformada por citas de otros autores quedara inconclusa.
En definitiva no hicimos nada por él. Se fue enfurecido cerrando de un portazo la oficina. A las 3 horas apareció muerto en el centro con una nota que decía: La vida en este mundo no puede ser tan sólo una película.
Arrepentidos nos sentamos a meditar en el caso. O mejor sea anotar me senté, Marlowe salió para el bar, o a seguir unas pesquisas de las que ya luego hablaré.
Ese mismo día Liliana celebraba una reunión familiar en la que cocinó su especialidad, lasagna con espinacas. Contenta trajo dos porciones a la oficina; sin embargo no tuvo en cuenta que yo odio la espinaca. Al ver que su talento se veía menospreciado salió ligeramente triste y bastante indignada. Aun creyó que Marlowe no estaba para no probar su plato. Sabiendo que tendría que esperar buen tiempo para calmar sus ánimos llamé a Arévalo, un amigo mio que estudia cine y que hace parte de un grupo que se llama: "Creadores de Cintas Cinematográficas basadas en sucesos factibles". El nombre suena algo pretencioso, y sinceramente nunca he entendido a qué se refiere con ello; pero Arévalo es un buen amigo y de vez en cuando puedo mantener una conversación medianamente sensata, lo que ya es bastante en este mundo que nos toco vivir.
Ese día estaba dedicado a comentar el reciente deceso de uno de los profesores que le daba clases, al que conocía por razones que no vienen a cuento. Mientras fumaba marihuana y bebía cerveza estuvo comentando las últimas palabras del difunto, y sobre todo, las largas piernas de una bellísima pelirroja. Cuando finalmente me dejó contarle sobre el extraño caso recordó haber hablado con un extraño estudiante que siempre tenía proyectos cuasi-psicopátas para todas sus películas. De hecho en uno se escogía arbitrariamente un grupo de 6 personas con un mismo oficio, se les amenazaba usando mensajes que tuviesen que ver con la especialidad de las víctimas, y se esperaba que el detective o la policía resolvieran el crimen. Según Bilfa (ese era el nombre de aquel estudiante) la idea era hacer una película detectivesca desde el punto de vista del asesino, lo que a su modo de ver era realmente interesante. Después de unos meses Bilfa desapareció con sus dementes proyectos, y desde entonces Arévalo no conocía noticia. Le encarecí que me mantuviese informado y traté de despedirme, pero Arévalo insistió que me quedará con el porque me aseguró que luego el entierro se podría bueno, como todos los entierros. No sé si ese día estaba especialmente pusilánime, el caso es que terminé en el Cementerio Central, intentando zafarme de Arévalo que bailaba sobre las tumbas porque decía que así recordaba mejor a Bergman, a quien por un momento confundió con su profesor.
Lo peor de todo es que a pesar del espéctaculo tuve tiempo para pensar en tantos muertos, en los recientes y en los que ya hacía tiempo se habían ido, sin acabar de entender esa maldita manía que tenía el tiempo de enredarnos con aquello que hacía tiempo nos habíamos acostumbrado a no entender.

Primera Enciclopedia de Variedades de Lectores (6)

Por lo demás, le ocurría algo muy singular con la lectura. Era oficial de caballería y, en general, no le gustaban nada los libros. Despreciaba por igual las novelas y las obras filosóficas. Cuando leía, no se detenía a meditar en el significado de la exposición o en cuestiones de controversia, sino que pretendía, ya al abrir el libro, penetrar, como a través de un secreto portillo, en el centro mismo de exquisitos conocimientos. Debían ser libros cuya sola posesión fuera como una secreta condecoración y como garantía de revelaciones supraterrenales. Para él, únicamente poseían tal cantidad de libros de filosofía india, a los que no consideraba meros libros, sino revelaciones, realidades, obras clave, como los libros de alquimia y magia de la Edad Media.
A ellos se entregaba aquel hombre sano, activo, que cumplía con los rigores del servicio y que, además, montaba el mismo casi diariamente sus tres caballos, las más veces al atardecer.
Solía tomar al azar un pasaje y, antes de leerlo, pensaba si aquel día no le sería desvelado su íntimo sentido. Y nunca quedó decepcionado, aunque bien se daba cuenta de que no había llegado sino hasta el vestíbulo del sagrado templo.
Por eso, de aquel hombre nervioso, bronceado, que vivía al aire libre, trascendía un halo de misterio solemne. Su convicción de que diariamente, antes de la noche, estaba a punto de realizar un grande y fulminante descubrimiento, le daba un aire de reservada superioridad. No eran soñadores sus ojos, sino tranquilos y duros. La costumbre de leer libros en los que ninguna palabra podía quitarse de su lugar sin que perdiera su recóndito significado, su manera de pesar cuidadosa y atentamente cada oración según su sentido directo y su doble sentido, habían forjado su temperamento.
Pero a veces solían perdérsele los pensamientos en una crepuscular atmósfera de melancolía. Le pasaba eso cuando pensaba en el secreto culto que él ligaba a los textos originales de los escritos que tenía ante sí, en el milagro que de ellos emanaba y que había apresado millares y millares de seres humanos que a él, a causa de la gran distancia a que se hallaba, le parecían hermanos, siendo así que despreciaba a los hombres con los que estaba en contacto directo y a los que veía en todos sus detalles. En esos momentos se ponía melancólico. Le abatía pensar que su vida estaba condenada a transcurrir lejos de las fuentes de las fuerzas sagradas, que sus empeños estaban tal vez condenados a paralizarse por lo desfavorable de su posición. Pero cuando, afligido, pasaba un rato leyendo sus libros, quedaba singularmente tranquilizado. Verdad es que la melancolía no perdía nada de su peso; por el contrario, la tristeza se acentuaba, pero ya no le oprimía. Se sentía entonces como abandonado y en un lugar perdido; pero en ese doloroso sentir había un sutil placer, un orgullo, el sentimiento de hacer algo singular, de servir a una divinidad no comprendida. Y en tales momentos, quizá pudiera descubrirse en sus ojos un pasajero destello, que recordaba el desvarío del éxtasis religioso.
-Las tribulaciones del estudiante Törless
Robert Musil

sábado, 15 de marzo de 2008

Mystery Train


En estos días Marlowe ha estado más melancólico de lo normal. Y es que a decir verdad han ocurrido una serie de eventos francamente desconcertantes. Aún no he podido redactar un recuento medianamente comprensible de lo sucedido, a pesar de que lo he tratado durante los últimos quince días.
Marlowe hace unos días destruyó sus famosas Aventuras comentadas, las fue arrancado una a una de su cuaderno para que se fueran directamente al albañal. Incluso en sus momentos de mayor debilidad recita malos poemas a Daisy etérea y sensual (y vaya a saber lo qué aquello significa), lo que más de una vez me ha hecho sentir avergonzado. Entretanto Liliana le prodiga atenciones sin olvidar elogiar sus desastrozas poesías (lo ha estado animando para que las publique en un libro). Siendo sincero la situación me empieza a hartar, de hecho desde unos días no los veo, prefiero descansar un poco de su pesadez.
Curiosamente a mi también me ha tocado el "oscuro velo" (metáfora plagiada al Marlowe que ahora ha decido volverse poeta) de la nostalgía, no tanto por extrañar a alguien, nostalgia más bien por ese algo indeterminado (e inexistente quizá) que tal vez se halle oculto tras todo esta desafortunada conjunción de elementos que son nuestras vidas (es decir, las de Liliana, Marlowe y mía).
Hoy hice un repaso de mis vagos recuerdos de la bella película de Jarmusch "Mystery Train". Recordé a esos personajes tan disímiles que andaban tan perdidos en el espacio como lo debe estar ahora el aura del Rey del Rock'n'roll. Recordé como en esa Memphis decadente aún debe andar Daisy tratando de mitigar su aburrimiento. Y aún me alcanzó el tiempo para recordar -aunque sea mejor escribir algo como "imaginar"- como muchos otros seguimos soñando con fantasmas, aunque un día fuesemos descreídos, de los que apenas alcanzamos a entender el sentido de sus casuales apariciones.
Después de tantos días lluviosos, y de que una suma de circunstancias parece darle toda la razón a esa hermosa película de Jarmusch, he llegado a la conclusión (probablemente errónea) de que de una manera u otra todas vivimos, en uno u otro momento de la vida, en una ciudad que se cae a pedazos como Memphis.

Primera Enciclopedia de Variedades de Lectores (5)

(Con dos acepciones)

A

Había en los altos rosetones de la iglesia algo cantarín, pues relucían en todos los colores, a menudo también el órgano mugía desde el solemne interior hacia el mundo exterior, y el bandido estaba ahora frente a una galería de arte y se hizo el propósito de no volver a leer nunca, aunque siguió leyendo alguna cosa de vez en cuando.
-El bandido
Robert Walser

B


"... Y para consolarle, ahora mismo voy por la novela en la que le ruego se sumerja". Se marchó, regresó al poco con el libro en la mano, y el bandido lo empezó a leer el mismo día, obediente, pero el contenido del mismo le aburría, y enseguida diremos por qué. En aquel libro, las mujeres que parecían tener todos los motivos para ser modestas -sólo eran capaces de tocar alguna que otra sonata siguiendo la partitura y de ir, por ejemplo, a comprar al mercado- eran elevadas sin excepción a la categoría de grandes damas, algo que desentonaba en realidad. "Para mi gusto, le han dado excesiva importancia a la burguesía, hay un exceso de aplomo", y el bandido tuvo la osadía de bostezar. Algo sin razones de peso se hinchaba y subía a la superficie del libro. Dios, qué importantes se creían aquellos personajillos alentados por su autor. Si la señorita Selma hubiera oído lo que él se estaba diciendo, se habría vuelto a armar otra gorda, pero él se guardó sus impresiones para sí. Y luego dijo: "Éste es el tipo de libro que se escribe para los que no conocen la vida, uno de esos libros tristemente frecuentes que siembran el orgullo entre las personas modestas".
-El bandido
Robert Walser