viernes, 12 de agosto de 2011
Un blog de cine
http://2o3cosasquesedecine.blogspot.com/
Y entre tanto dejadme en paz que yo no tardo, nunca tardo...
P.S: Esto no significa una reapertura de la oficina, aunque puedan aparecer nuevas entradas, más lamentablemente serias.
domingo, 14 de diciembre de 2008
El final
Me gustaría pensar que se debía a un gradual deterioro de mi vida y de mis relaciones. Y sin embargo sé que no es así.
Me veo obligado a explicarlo todo. O a redactar esto que supongo que es una explicación suficiente de unos acontecimientos que no alcanzo del todo a comprender. Para ello tendré que ir atrás y contar secretos que he ocultado y que hubiese deseado no revelar. Esos secretos se relacionan con algo que he evitado decir, mi nombre. Pero para la justificación general creo que es un detalle que puede seguir oculto. No obstante, mi nombre es el del escribiente y amigo del escritor Armando Mariño. Después de su muerte comenzaron los problemas, comenzó esta oficina. Pero trataré de ser más claro:
Armando Mariño durante años no vivió de las novelas que escribía en la sombra, es decir de su única novela (Las trampas de la diversión) y de las notas de una suerte de heterónimo (El cuaderno de Elías Pedrero); vivió de novelas policiacas que firmaban otros autores, de novelas de ciencia ficción que otros escritores presentaban, de novelas rosas que algunas señoritas firmaban en la entrada de alguna que otra librería. Sí, Mariño era un negro, un escritor fantasma, en fin, llámese como se llame el oficio de Mariño era escribir los libros de otros. A su manera era como ser una sombra que desea con toda su alma pertenecer al reino de la luces. Mariño soñaba en que su propio trabajo (el trabajo que escribía para firmarlo como Armando Mariño) tuviese la suficiente calidad (y suerte, creo yo) para salir a la luz, para librarlo de su miserable oficio. Con el paso de los años su gran novela nunca llegó a termino, Mariño se dio cuenta que lo que había supuesto como un trato cómodo para ocuparse de lo que realmente le preocupaba, había sido en realidad un pacto con un demonio que tarde o temprano iba a castigarlo sin haberle dado sino quimeras e ilusiones. En sus últimos años yo me volví una especie de secretario suyo. Junto a Mariño conversábamos casi todo el día sobre literatura, después de unos meses yo transcribía sus novelas (las que publicaba para otros y su inacabada obra). También transcibí un diario suyo con una serie de infidencias de la editorial y del mundo literario que creía conocer. Al final de su penosa enfermedad yo fui su único soporte. Murió furioso y desolado como todos esos innumerables escritores fracasados.
Durante toda su vida Mariño había tratado de mantener comunicaciones con diversos escritores, de fomentar nuevas y estimulantes relaciones. Evidentemente esas relaciones eran más imaginarias que ciertas. En todo caso 7 escritores conocían (y recordaban) la curiosa y patética historia de Mariño. Ellos eran: Carlos R. Inze, el Dr. Paulo Grudenas, Rick Mirin, Benito Savila, Paco Aldehuela, Miguel de Medeira y un último cuya identidad ya revelaré. Ya agónico Mariño redactó un escueto testamento en el que amenazaba a la editorial del Dr. Cominges (editorial para la que trabajaba) con publicar su diario. El testamento fue, a su vez, dirigido a los 7 escritores para que las directivas de la editorial se tomasen en serio sus palabras. Lo que pedía a cambio era sencillamente la publicación de su novela. Mariño murió antes de lo pensado y todo quedó en tenso equilibrio.
Ahora bien, entretanto Philip Marlowe huía de casa de Luisa Ortega con su sobrina norteamericana, Daisy Fuentes. Es hora de una aclaración dolorosa (para mí), Marlowe (este Marlowe) es un simple estafador, espía, un hombre absolutamente despreciable. Y sin embargo, con el paso de los días, creo que cada día lo entiendo un poco más.
La huída de Marlowe, equipado con joyas y otras pertenencias de la familia Ortega, se produjo la misma semana de la muerte de Mariño. No sé muy bien cómo Luisa consiguió atrapar a Marlowe y engatusarlo. El caso es que prefiguró esta oficina, los crímenes, nuestras vidas. Sé que todo esto suena como una historia vulgar, pedestre. Es más difícil saber que esa historia es nuestra propia vida.
Al principio el ofrecimiento de Marlowe me extrañó, y me emocionó para ser sincero. Rápidamente me di cuenta de que algo tramaba. Y al descubrir sus trampas, yo también empecé a fingir, con tal de salvar la obra de mi amigo. Fingí, mentí, intenté estafar al estafador. A veces escribía puros contrasentidos, a veces incluía fragmentos de la obra de Mariño, a veces incluía mis propios opiniones como si se tratara de conversaciones. Creía engañarlo, pero a medida que los escritores morían me di cuenta de mi error. Había días en me veía impedido porque sentía que alguien más escribía, que yo sólo anotaba lo que mediante una fina manipulación Marlowe estipulaba.
Luego de descubrir la confabulación, traté de tomar ventaja de la oficina. No lo conseguí. Me di cuenta de que era otra suerte de Armando Mariño, que yo también anotaba mis gemidos como si se trataran de poesía. Escribí puras imposturas, defendí sólo pretensiones y amaneramientos, hice de mi pose un sustito de lo que llamaba autenticidad. Pero yo no era sino y no seré más que un simple amanuense. A eso se reduce todo.
Cuando Marlowe volvió creo que empecé a comprenderlo. Y me di cuenta que a pesar de que él encerraba todo lo que de alguna manera detestaba, algo de su carácter era similar al mío. Marlowe no es sino otro hombre débil, otro febril desesperado sobre los que Chandler le gustaba tanto relatar.
El sábado pasado murió el último de los 7 escritores. Era el poetastro: Pablo Merlano, claro que no se llamaba Pablo. La muerte no fue premeditada. O no lo fue en el sentido en que alguien planea un asesinato. Yo mismo la vi: Caminaba cerca a la salida del Parque Simón Bolívar, cuando pasaba por el frente vi como varios policías arrastraban a Pablo a la salida. Él, en medio de uno de sus "viajes", intentaba pelear con ellos. Pero poco a poco los policías lo iban empujando, golpeando por turnos. Hubo un momento en que Pablo quiso amenazarlos con un puñal pero rápidamente fue desarmado y luego vinieron los golpes, primero con rabia, luego sólo por diversión. Y yo no hice nada, me limite a mirar. No puedo decir que fuese realmente dramático, pero después de verlo sé por cierto que hasta las muertes de los poetastros se cargan, que todo espectador de un asesinato se vuelve un poco cómplice, desde ese día sé que cargaré con esa vida como si su muerte fuese culpa mía.
No creo posible que Luisa haya pagado por la muerte de Pablo. Tarde o temprano ella sabía que su modo de vida le arrastraría a uno de estos absurdos. Para eso daba su vida, para menos da la mía (no siento ningún peligro, ellos saben que esta oficina ya es del todo irrelevante, por ende yo no soy sino alguien de más).
Después de la muerte de Pablo no tenía sentido continuar con la oficina. Se desmanteló el lunes y ya el martes volví a mi aburrida vida de corrector de errores de un periódico de baja circulación.
Aún me siento agotado de todo esto. Quiero hoy retirarme definitivamente al mundo gris de la vida cotidiana, sin esperanzas ni deseos. Desde el lunes no he vuelto a ver a nadie. No sé cuando los querré ver. Sólo se me ocurre citar, yo que he vivido escudado en un montón de citas célebres y frases prestadas (cito de memoria una traducción):
"Callad, pues, que el peligro anida en las palabras"
Las trampas de la diversión
Quizás sea equivocado ese terrible forma de categorizar la "Historia" por eras, épocas, periodos. Supongo que a menudo todos hemos tenido la posibilidad de experimentar que el tiempo no sucede así, que no es posible darle esas segmentaciones, sino otras más profundas (o superficiales), segmentaciones que lo afectan más a uno que al mundo. Por ello más significativo que esa costumbre de establecer cuadros y líneas, es ver como las cosas pasan en ese lugar donde sólo está el mundo. Sin embargo si a mi me preguntasen que rasgo identifica este preciso momento histórico, diría que es un ansia de diversión, casi febril, un ansia por lo demás inabarcable, o mejor redundado, insaciable (entiéndaseme, no veo mal en ella, más cuando yo mismo la sufro). Pero más allá de esto se encuentran los comentarios que creen encapsular algo cierto, cuando no son sino meras formas de remediar el aburrimiento. Por lo que a mí respecta este comentario es uno de ellos.
2
Al principio debió estar Burton, Robert Burton. Luego fue Montano. Luego Vila-Matas. Cronológicamente este orden es incorrecto, pero para nuestros fines es suficiente. Burton escribió y rescribió su Anatomía de la melancolía. Lo que dicen diversos resúmenes y otras fuentes es que Burton escribía para aliviarse de su mal, para curarse de la melancolía. Entre las muchas fuentes que cita Burton para su tratado se encuentra Montano. Uno se siente tentado a imaginar que Vila-Matas sacó a Montano de Burton. Más cuando sus muchos narradores parecen querer narrar como método terapeútico. Imagino que si pudiera hacerse un mapa se encontrarían muchas más relaciones que las endebles menciones y suposiciones que anoto. Una dudosa fuente de diversión se encuentra en trazar mapas, si uno antes no ha tenido el valor (y quizá la imprudencia) de realizar por su cuenta esas travesías que en los relatos se cuentan.
3
Hace unas semanas tuve una idea curiosa. Creí que la filmografía de David Lynch y las novelas de Witold Gombrowicz eran primas hermanas. O de hecho hermanas no reconocidas. Simplemente se me ocurre que escenas como aquella en que un (posible) mafioso pide un espresso para luego escupirlo y derramarlo apenas tomarlo son muy "gombriwicizianas". Si nos atenemos a las declaraciones de Lynch, el director norteamericano no conoce la obra del polaco (de hecho en alguna parte dijo que lo único que gustaba leer era Kafka). Entonces, de ser cierto (y no hay razones para dudarlo), uno empieza a suponer qué tanto pueden tener en común un norteamericano de Montana que ha pasado su vida en California porque dice que ama la textura de los colores de aquel lugar, qué tanto puede parecerse a la vida de un noble polaco que vivió durante más de dos décadas en una relativo marginalidad en Argentina. Y aún esto puede decirse de Lynch, que viviendo tan cerca de Hollywood tiene ese cierto aire de marginalidad. Uno puede tratar de buscar influencias comunes, pero tal vez resulte más interesante conjeturar sobre una evolución similar, en consonancia, una evolución que le da al mundo otra suerte de unidad. Evidentemente este paralelo lo he manipulado para que exista una relación que usualmente nadie haría. En todo caso es reconfortante imaginar un mundo consonante.
4
En nuestros días, cada vez más regularmente, se lee por diversión. Algo encomiable. Lo preocupante es que los límites de la palabra son particularmente vagos: divertido puede ser leer a Shakespeare, divertido puede ser ver a alguien que cae por las escaleras, divertido puede ser salir a bailar, divertido puede ser, incluso, torturar a alguien hasta la muerte, pero ya en este último caso se dice que quien se divierte es un enfermo. Lo cierto es que tal adjetivo tiene resonancias que son mejor evitar, resonancias desagradables como menos. Lo extraño, después de todo, es que en esta época le demos tanta importancia a lo que se considera (y los parámetros varían como las personas) divertido.
5
La novela que escribía Armando Mariño se titulaba Las trampas de la diversión. Una novela que intentaba conjeturar sobre el mundo, buscaba enlazar uno y otro tópico mediante una historia sencilla, tópica, una historia que fuera como una fachada que permitiera ir introduciendo mil y una tramas distintas. Lo importante, lo que nunca Mariño pudo llevar a cabo, consistía en lo siguiente: paulatinamente esa historia iba a empezar a tragarse todo lo demás. y así dejaría de ser un tópico para tornarse en lo único verdaderamente significativo. Quedaría sólo un lugar común que habría absorbido todo lo que una vez pudo encontrarse como escape. En eso consistía, según Mariño, la trampa de la diversión.
6
Si hoy escribiera una queja sobre el estado general de la cultura, no haría sino repetir lo que tanto otros (mejor que yo) han escrito. Es cierto, es preocupante que más regularmente se recomiende un libro porque se lee fácil. Pero es inevitable que eso suceda si se entrena a una serie de espectadores, de lectores, de personas que lo que esperan es sorpresa y artilugio. Que lo que esperan son máximas rimbombantes y fáciles. Es casi como esta cuestión de los zombies, lo único que finalmente terminarán deseando es carne fresca, porque es natural, está en su naturaleza. Evidentemente también la cultura difícil hace parte de otra naturaleza. Pero nuestra sociedad se ha acostumbrado a estimular algunos deseos. Y estos deseosos ciudadanos sólo quieren calmar esos deseos en particular, así sea devorando, contaminando el resto hasta que quede un planeta vacío y hostil, un vacío planeta en que los zombies vagan porque ya no tienen sino su vieja carne putrefacta.
7
Uno de los momentos más importantes de La historia trágica del Doctor Fausto de Marlowe se encuentra al principio. Cuando Mefistófeles le aclara a Fausto que infierno no es sólo un lugar bajo la tierra, sino que infierno es todo. Es el acercamiento a un mundo que se expande sin control, en el que ya el poeta no puede descender a los infiernos para ir remontando el curso (y el sentido) del mundo (tanto el terrenal como el del llamado más allá). En este mundo los hombres están perdidos y el laberinto de símbolos que antes pudo ser ordernado por una voluntad superior, es ahora indescifrable, y el modo de relacionarse hace parte de la conjetura. Aunque parezca extraño ese ejercicio de conjeturar puede ser divertido, pero no hay que olvidar que no es más que un ejercicio.
8
La escritura antes era un modo de encerrar la realidad. Ahora los escritores (o los que podemos llamar como tales) son conscientes que el mundo es inabarcable. Sin embargo existe una especie de deseo por abarcarlo, esa es tal vez nuestra aventura. Puede ser en un día de comienzos de siglo XX en Dublín, o puede ser las distintas vidas que conviven en el número 11 de la calle Simon-Crubellier, o puede ser todo un mundo que se precipita en un violento pueblo de la frontera de México y E.E.U.U. Todos los que ahora se embarcan saben que el viaje tiene al fracaso como sino. Ahora bien, la verdadera razón para ello es la experiencia, lo que algunos llaman conocimiento. Todos estos aventureros, imitadores ya no de Odiseo sino de Achab, (léase a Blanchot) deseosos por caer en lo más hondo del océano, porque, institivamente, han aprendido a creer que el conocimiento de ese abismo es lo único que hay.
9
Recuerdo que cuando era niño un hombre viejo me contaba una historia. Siempre era la misma, sin embargo me fascinaba. Ya no recuerdo muy bien lo que decía, pero era un cuento que hablaba de antiguas dispustas, de venganzas que duraban toda una vida, de mujeres y de muerte. En ese entonces mi única diversión era oírlo, y de alguna manera creía en lo que oía. A veces me daba cuenta de que los personajes cambiaban, que los nombres variaban, que también sus carácteres se transformaban. Me repetía esas variaciones, incluso intentaba recapiturlas a mis amigos, o anotarlas en un cuaderno que nunca leía. Una tarde no lo volví a ver. Pasados los años supe que era algo que en Bogotá llaman desechable, un mendigo, alguien que vive en la calle. Sus historias eran parte de su delirio. Me sentí decepcionado. Mi vida, de algún modo, perdió un rumbo que una vez había tenido. Tanto me había contentado con creer que realmente esos cuentos (de hadas) tenían algo de verdad. Ahora, un poco más viejo, creo una vez más estar equivocado, mientras las creí ciertamente había algo de verdad en lo que ese viejo me contaba. Con el tiempo sé que me retractaré una vez más de todo esto. Lo sé. No es más que una cuestión de tiempo.
Otra vuelta de tuerca
Georges Perec
sábado, 6 de diciembre de 2008
Algunas cosas que no le gustan a García
Sin embargo lo que define mejor a García (incluso mejor que su constancia) son sus fobias. Aunque fobias no sea la palabra adecuada, podía ser más bien sus odios o sus aversiones. Una pequeña muestra sin orden alguno de estas aversiones podría ser:
- A los niños
- A los buses
- A los ancianos
- A las congestiones
- A los sitios desolados
- A los silencios
- A la gente escandalosa
- A la ignorancia
- A la presunción
- A las enciclopedias
- A las comedias
- A los fanáticos
- A los ateos
- A los indiferentes
- A los blogs
- A las comedias románticas
- A la poesía de Pablo Neruda
- A la vida social
- A la soledad
- A la poesía barroca
- A la política
- A los fascistas
- A los mamertos
- A los especialistas
Lo que quería resaltar es que a pesar de todo es alguien que escucha, que permite a los otros hablar, que sabe que está perdido y no aspira guiarlos a su propia confusión. García, pues, es un perfecto amigo porque no pretende hacer de los demás otra persona igual a sí, sino un interlocutor que en el peor de los casos sólo aspirará a decir comentarios triviales e ingeniosos.
De las explicaciones tardías
Y el final del que había hablado no llegó.
A veces hablaba de noches solitarias, a veces de rabia y de crímenes que nunca se terminaban de explicar. ¿Cómo si la violencia tuviese que tener una explicación?
Yo me sentaba y miraba a otro lado. Liliana de vez en cuando hablaba con Marlowe en voz baja. A veces salía con Liliana.
Me acostumbre a pensar en que las explicaciones, fueran las que fueran, sólo tenían sentido en un momento, un día en particular, y que luego llegarían como palabras pasadas que no contenían el sentido que un día pudieron tener.
En Bogotá, las mañanas son siempre soleadas y las tardes siempre lluviosas. Y la oficina todavía no se acaba.
domingo, 30 de noviembre de 2008
El regreso
Esa mañana estaba con García. Hablabamos. Es decir, repetíamos los tópicas expresiones que alguna vez nos habían parecido sesudas deducciones. Por la puerta cruzó un hombre de estatura media, calvo, de bigote, con camisa raída y mochila en pecho, un poetastro en una sola palabra. Vendía (es una exageración escribirlo) lo que él llamaba sus poesías, sus cuentos y una hoja con sus citas. Citas que no eran de él, evidentemente, sino de otros, de los mismos de siempre (Neruda, Benedetti, Cortázar, Borges, etc.). Sólo por curiosidad compré sus hojas, o mejor, para llenar el tiempo que desde entonces quedaba hasta la hora del almuerzo. García notó que el poema de Borges que citaba no era propiamente un poema. Eran tres estrofas de tres poemas distintos. De pronto me contó acerca de algo que denonimó vanguardias conservadoras. Según García el movimiento de la historia (literaria se entiende) se dividía en dos corrientes principales: la oficial (o la del canon) y la de la vanguardia (o el anti-canon, según García). Con ello en mente García empezaba a hacer clasificaciones de los más diversos autores (no necesariamente literarios), y como no tengo buena memoria el asunto no pasaba, para mí, de ser una forma de ocupar mi tiempo asintiendo. En todo caso García decía que el siglo XX a lo único que había dado luz era a eso que el llamaba vanguardias conservadoras, un género intermedio (dentro de la clasificación de García) que aparentemente jugaba a ser parte del canon, pero que en realidad era de vanguardia. Con el paso del tiempo, García decía, la intención vanguardista se asimilaba (como sucedía con todas las vanguardias convencionales) y quedaba sólo el simulacro de canon. Todo esto con el fin de mostrar que el canon no era sino una intencionada confusión de términos, la literatura se amparaba en su equívoco para que (metáforicamente hablando) se hiciese un lugar en el mundo. No quise ahondar en el asunto al notar que aquellos pensamientos derivaban en falacias, en torcidas formas de simulación y de engaño. Se me ocurrió entonces que aquellas ideas eran como esas tentaciones que tanto espantaban en la denominadada Edad Media, especialmente a doctores y a sabios. A veces García y yo no tenemos una justa medida a la hora de sentar nuestras opiniones (de lo que da buena fe este blog), así que decidí retornar el rumbo. Y las conversaciones volvieron a decir sus acostumbradas quejas y sus silencios. Y yo volví a esa vida que como máximo sobresalto tenía algunas discusiones y uno que otro enfado.
Luego, cuando por la noche volvía a casa, en eso meditaba, y fueron esos pensamientos los que introdujeron esos pasos que tanto me decían. Decidí no regresar a casa. Decidí cambiar de rumbo y entrar en una tienda. Pedí un café pero tuve que tomar cerveza. Cuando iba por la mitad Marlowe se sentó al frente mío. Llevaba el mismo traje de siempre, llevaba un ejemplar de La tragedia del Doctor Fausto de Christopher Marlowe. Ya no recuerdo su mirada, pero sé que en ese preciso momento pude ver algo más, pude ver como esos instantes cuando se ve a una mujer que no se ha de volver a ver jamás, y se sabe que algo pudo suceder, pero que no ocurrirá y será como si nunca hubiese existido (la mirada quiero decir). He juntado muchas palabras para tratar de decir que hasta entonces no había visto realmente quién era Marlowe, y que ahora lo veía, y que aún viéndolo sabía que pronto lo olvidaría y, que después, la vida seguiría comiéndose ese instante en que me había imaginado más cerca a algo que por falta de una palabra mejor he dado en llamar verdad. Esperé en silencio hasta que Marlowe, aún de pie, dijo: "Ya es hora es de que comience el fin." Asentí sin entender. Me dijo que iría la semana siguiente y luego me tendió la mano. Salió. Afuera lo esperaba Luisa, aunque lo que yo vi sólo era una silueta, una silueta que puedo jurar sonreía, si bien no sé muy bien como puedo decir que lo hacía. Intentaba memorizar todo lo que iba sucediendo, y sabía que era incapaz de ello, que a lo sumo sería otro escribiente imaginando lo que no ha sido capaz de ir contando, que ha inventado su historia porque no ha tenido la capacidad de soportar su propia historia.
Terminé la cerveza. Llamé a Liliana y salí de la tienda. Miré la calle que se perdía en medio de una inesperada niebla. Luego vi como se perdían las luces de la calle. Lo último que vi esa noche fue el dorso de mi mano hundiéndose en tinieblas.
viernes, 28 de noviembre de 2008
Cartas anónimas (3)
El escueto mensaje dice:
La vida es una especie de complot...
domingo, 23 de noviembre de 2008
De algunas otras enciclopedias
http://invislib.blogspot.com/
sábado, 22 de noviembre de 2008
Cartas anónimas (2)
Se me ocurrió responderle al desconocido interlocutor describiendo mis rutinas, mis repetitivos paseos, mis acostumbrados silencios. Después renuncié a ello: no sería sino redundar en un blog que gusta de la redundancia (por desgracia).
Mejor me pareció incluir uno de esos textos, un texto que creo bastante elocuente de por sí:
Este hombre, obstinado en el hombre, nos acompaña todas las mañanas a la oficina y no acierta a protestar con resultado eficaz contra la marcha del mundo, pero no aparta la vista de un punto que nadie más que él quiere advertir, si bien es claro que proceden de allí todas las desgracias del mundo que no reconoce a su redentor. Tales puntos fijos, en los que el centro del equilibrio de una persona coincide con el centro del equilibrio del mundo, son, por ejemplo, una escupidera fácil de cerrar, o la desaparición del salero en los restaurantes para evitar que el empleo del cuchillo difunda la peste de la tuberculosis, o la adopción de un nuevo sistema de taquigrafía cuyo incomparable ahorro de tiempo resuelve también en seguida los problemas sociales, o la conversión a un régimen de vida conforme a la naturaleza que puede reprimir la barbarie imperante, pero también una teoría metafísica de los movimientos del cielo, la simplificación del aparato administrativo y la reforma de la vida sexual. Si las circunstancias le son propicias, el hombre se defiende y se ayuda escribiendo, un buen día, algún libro sobre un tema cualquiera, o un opúsculo, o al menos un artículo en el periódico, con lo cual contribuye en cierto modo a la relación de las actas de la humanidad, son además un sedativo, aunque no los lea nadie; de ordinario, sin embargo, atraen a algunos lectores que aseguran al autor ser un nuevo Copérnico, después de presentarse ellos como Newtons incomprendidos. La costumbre de buscarse recíprocamente los puntos de la piel es muy beneficiosa y está muy extendida, pero su efecto no dura mucho, porque los participantes se riñen pronto y se quedan otra vez solos como antes; puede suceder también que alguno reúna alrededor de sí un pequeño círculo de admiradores, quienes con fuerzas conjuntas acusan al Cielo de no apoyar suficientemente a su Hijo Ungido.
Robert Musil
domingo, 16 de noviembre de 2008
Comentarios Lívianos (4)
http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1066555
En el reportaje Bloom asevera que uno de los grandes problemas con que tiene que lidiar un lector es con aquellos libros a los que denomina piezas de época. Una pieza de época es (si no malinterpretó al Sr. Bloom),un objeto (libro para ser más preciso) que concentra la atención de un época determinada, pero que con el paso de los años va cayendo en el olvido, ya que realmente no era tan bueno como entonces se creía.
Bien puede tener razón en ello, pero no puedo dejar de pensar en esa fe casi ciega que tienen algunas personas en que el tiempo será el mejor juez de los libros. Esta idea está harto difundida(o tal vez sea sólo un sentimiento, o una profesión de fe): el tiempo dirimirá qué tanto valor tiene un libro en particular (literario, por supuesto). Y sin embargo me parece que hasta el tiempo puede llegar a equivocarse, y que su azarosa selección dejé por fuera libros de calidad superior a otros que el mismo tiempo recogerá bajo su ala (por un tiempo más). No será entonces ingenuo creer que el paso de los años criba lo bueno de lo malo (o lo bueno de lo no tan bueno, en el caso ya mentado de las piezas de época). No será unas muestras de la palpable desorientación de nuestros tiempos que los críticos supediten su juicio a la balanza del azar (del tiempo, quiero decir).
Bloom es un fenómeno de nuestra época también, un crítico que trata hacer de la literatura elevada algo más accesible al gran público (¿Será Bloom otra pieza de época? Es decir, sus libros, lo de la mortalidad se da por hecho). Tal vez sea un tema que necesita un examen más extenso, y que lo haga una persona más versada; pero ya resulta sumamente extraño escribir de alguien al que le preguntan: ¿Cuál considera que ha sido el mejor libro de Harold Bloom hasta ahora? ¿Acaso habremos de vivir con el libro Harold Bloom dentro de 50 años? Una categoría entre fiction y non-fiction. Por lo menos es rarísimo que uno le pregunten sobre los libros de uno como si fuera de otro.
No obstante Bloom no se ha dejado envanecer: "Se que no soy Platón ni Freud ni Montaigne, ni siquiera soy Emerson." Y sigue escribiendo libros que sólo Borges habría entendido (según sus declaraciones).
Ahora pienso que de pronto su teoría de las influencias bien podría explicar todo. Una persona influye a otra y a su vez todas se dejan influir por el medio en que viven, por extraños con quienes tienen la oportunidad de hablar de libros, y así. Me parece más cierto que la influencia que se le achaca al tiempo, sea más bien la de las mismas personas, de los críticos, es decir de las opiniones de quienes se suponen versados en dicha materia. Entonces el canon ya no sería sino un reflejo de cómo algunas opiniones cambian y otras persisten (con o sin razón). Eso me parece mucho más sensato, aunque a lo mejor todo lo he malinterpretado, porque repito, a este señor Bloom sólo lo habría entendido Borges.
Finalmente uno tampoco se debe alejar de la literatura elevada. De lo único que se podría culpar al escritor es de sus libros, no de sus lectores. Entretanto seguiremos leyendo y opinando, e influyendo si es que llegamos a tener semejante cualidad (y castigo), y al final, como todo el mundo lo esperaba, el tiempo nos tragará sin producir el menor escándalo (porque claro, para eso también sirven los libros).
Cartas anónimas
¿Quieres irte lejos de mi? Muy bien, es una decisión perfectamente respetable. Pero ¿adónde vas a ir? ¿Dónde está ese lejos de mí? ¿En la luna? No está ni siquiera allí, y además no llegarías tan lejos. Así que ¿por qué todo esto? ¿No prefieres sentarte en el rincón y quedarte callado? ¿Eso no estaría un poco mejor? ¿Ahí, en el rincón, que está cálido y oscuro? ¿No me escuchas? Tanteas en busca de la puerta. ¿Y dónde hay una puerta? Que yo recuerde, en esta habitación no la hay. Quién pensaba entonces, cuando construyeron esto, en proyectos tan importantes para el mundo como los tuyos. Pero no te preocupes, no hay nada perdido, una idea así no se pierde nunca, la comentaremos en la tertulia, y podrás darte por pagado con las risas.
sábado, 8 de noviembre de 2008
De mis malas lecturas
Mariño murió hace más de un año. Nunca terminó una sola novela. Yo me quedé con todos sus borradores.
El lunes pasado Liliana vino a vivir a mi casa. Se dispuso a organizar el hogar, a pesar de que ambos somos desordenados por igual. Llevaba sus botines negros, botines que hacía días no se ponía. Y mientras yo renegaba de su idea de comprarse un par de esos zapatos que llevan un hueco por delante (un huequito horroso que deja salir el dedo gordo del pie como si fuese una especie de gusano), vi como Liliana pisaba los olvidados borradores de Mariño. Los tomé después de un torpe forcejeo que Liliana creyó se debía a sus botines (desde entonces ya no se los pone). Los hojeé sin mirarlos detenidamente.
Ya por la noche Liliana me preguntó por aquello papeles, traté de resumirlo en unas frases que no dejasen lugar a más preguntas (sobre los papeles, lógicamente). Sin embargo Liliana me preguntó por la trama, traté de resumirla brevemente, sin ningún tipo de énfasis (como las novelas de Mariño). Tuve que hacer un esfuerzo peculiar porque había olvidado casi todo el contenido de aquellos libros. Liliana pareció entonces indiferente al destino de Mariño y así se dio por terminada la conversación.
Cuando por fin estaba acostado, cuando Liliana ya estaba dormida, comencé a sentir tremendas dudas sobre la trama del libro de Mariño. Mi temor me impedía dormir. Tuve que levantarme y tomar una vez más esas novelas y leerlas otra vez. Mientras las leía me asaltaba la idea de que eran libros para mí desconocidos, de que jamás los había tenido entre mis manos. Y mi absurdo miedo fue entonces más cierto. Lo que decía Mariño era verdad, hasta entonces había leído mal a Mariño.
Y comencé a pensar en todo lo que había leído mal, en todo aquello que había malinterpretado, que había pasado por alto porque creía entenderlo. Y también recordé que Mariño me decía que muchos de los lectores, lo hacían con desatención porque ellos querían leer rápido (por encima de todo). Decía que lo que odiaba de leer en computador era precisamente eso, una sensación de agobio que impedía su concentración, y aún, le hacía sentir como en medio de un sueño artificial y agobiante, un sueño que no podía entender y del que no podía despertar.
Esa tarde traté de matizar sus juicios y luego de un rato él dijo que nunca se acostumbraría a leer de otra manera, sentado con uno de esos cuadernos empastados que llaman libros, dijo.
Ahora descubría ser uno de aquellos lectores, me desengañaba.
Tuve tiempo de leer con más concentración a Mariño durante toda la semana. Y no descubrí nada más, y no creí entrever más de lo que en primera instancia había visto. Con el paso de los días incluso recobré mi confianza. Aunque aun sigo levantándome de noche, revisando algunas de mis lecturas pasadas, intentando leer con precisión. En medio de esas vigilias a veces creo vivir el sueño de Mariño, e incluso a veces creo despertar.
domingo, 2 de noviembre de 2008
Comentarios Lívianos (2)
Dice José Ángel Mañas en un texto titulado (muy extensamente): Semana 2. La serie del otoño: grandes tostones universales. Ulises (1922):
"(...)¿Qué de qué va? Pues no es difícil de resumir. Es un día cualquiera de la vida de un tipo que empieza afeitándose por la mañana y termina con la revelación de que su mujer le está poniendo los cuernos (algo que después de haber intimado con el señor Bloom aprobamos la mayoría de los mortales con entusiasmo: menos mal que hay alguien sensato en la novela).
¿Entremedias? Páginas y páginas de pretenciosa estilo empapado en pajas mentales religioso escatológicas de una densidad insoportable. Al amigo lo vamos a ver hacer de todo, incluso soltar ventosidades y defecar –son detalles que le encantan a Joyce: deben de ser las cosas de la educación británica de la época-, leer, discutir, pasear, ¿no os parece fascinante?(...)".
Primeras precisiones: el Sr. Mañas no terminó el libro. El Sr. Mañas no lo entendió. Por ende, el libro aburrió al Sr. Mañas. El siguiente paso, en este mundo de lectores "hedónicos", es denostar, o mofarse, o simplemente asentir a la "irreverente" expresión del escribidor.
En primer lugar lo que el ejemplo permite concluir es que aquello que no comprendas seguramente es pretencioso, ilegible y sinsentido. A renglón seguido se puede sumar los barruntos que para el comentador son genialidades absolutas. Esto último es muy importante, todos estos comentaristas son conocedores de la verdad última, sin matices, sin una mínima posibilidad de duda. Porque, y este, aventuro, podría ser su decir, si a uno no le gusta, bueno no puede ser. Para estos comentaristas no hay margen de duda, son omnisapientes y, gustan, principalemente, de publicar no muy disfrazados imprímaturs. Por otra parte no les gusta dialogar porque, a quien todo lo sabe y lo conoce, no hace falta que le digan ya nada.
Sería tonto decirle al Sr. Mañas que la revelación del final no es la infidelidad de Molly Bloom, sino el hecho de que ella finalmente reafirme dormida su amor a Leopoldo (y esta es la paródica redención de Leopoldo). Todo eso será palabra hueca para unos, como se puede decir también es hueca para estos lectores un segmento importante de la literatura.
Mis palabras no deben calificarse como censura de gustos. A nadie debe gustarle Dante, o Proust, u Homero. Pero tampoco significa que, en este mundo de comentarios tan faltos de medida como lo es el mundo de los blogs (y me incluyo por supuesto), que la expresión, de lo que en el mejor de los casos es una opinión, sea el terreno propicio para exponer nuestra ignorancia (por no escribir nuestra estulticia).
Quizá sea mejor hacer un alto en este punto, y recordar precisamente una anécdota que alguna vez contó Joyce a Louis Gillet (según Ellman): un hombre viejo que vivía en las Islas Baskets, y jamás había salido de ellas, una vez se atrevió a salir de ellas. Conoció algunos almacenes y allí compró un objeto que jamás había visto, un espejo. Lo contempló con fascinación murmurando: "Papá, oh papá". El viejo no quiso enseñar el objeto a su mujer, quien evidentemente se dio cuenta de que su marido algo le ocultaba. Finalmente ella se dio maña para obtener el espejo y al ver en él dijo: "Bah, no es más que una cara vieja" e irritada rompió el espejo. De alguna manera, y eso lo infiero yo de Ellmann (aunque tal vez lo esté infieriendo mal), para Joyce (como para tantos) la literatura era un espejo por el cual las personas se podían asomar. Aún hoy, en nuestros comentarios, y aún mejor en nuestra lectura, la literatura sigue reflejando la faz de quien la mira.
¿Un nuevo propósito?
sábado, 25 de octubre de 2008
De las dudas habituales
Debido a que no tenía más que hacer, empecé a leer y leí casi toda la tarde. Tuve, con el paso de los minutos, que reconocer que los "desconocidos" papeles eran míos; y no sólo eso, me avergoncé por haber sido capaz de garrapatear semejantes barruntos (sé que cada tanto esta oficina parece una sola queja contra mi propia incapacidad, un lamento irritante que no sé cómo detener, o llegado el caso darle una solución). Mientras leía veía la ingenuidad de cada uno de esas ideas, me molestaba profundamente ver como esa persona que había sido capaz de redactar tales "escritos". Me decidí a quemarlos, pero antes me levanté a fumar un cigarrillo, a mirar como casi todos los días la vida por la ventana.
Liliana apareció de repente en la entrada, apresurada me dijo que le acompañara al banco. Ya a esa hora había olvidado que lo había prometido hacerlo y una vez más tuve que salir con ella, hacer una larga fila, lidiar con los empleados que delegaban una y otra vez sus funciones a otras oficinas u otras instituciones, paulatinamente el pago de un seguro o la solicitud de un certificado se convertía en una odisea en que uno se perdía en una madeja de empleados que no sabían muy bien que hacer, pero creían saber quién lo sabría hacer. Evidentemente ese día no conseguimos nada. Durante estas vueltas trataba de leer Tristram Shandy sin fortuna, nada más empezar un párrafo era llamado por Liliana, o algún cliente me pedía un esfero, o un empleado preguntaba si necesitaba alguno de sus innecesarios servicos, etc. De pronto la progresiva digresión no era sino el modo en que se refleja como andaba mi vida, y harto tenía para fijarme en ella.
Por la noche, agotados, Liliana por su duro trabajo, yo por mis malos juegos de palabras; decidimos descansar un momento leyendo (y esta vez pude concertarme un poco más, aunque toda la noche estuve irritado por algo que no supe identificar). Liliana, entretanto, leía con fruición, por cambiar de tema le pregunté qué estaba leyendo y me mostró los papeles que tanto me habían avergonzado por la mañana. A ella le parecían buenos. No supe qué decir, imaginaba que para algunos estaría bien, pero no dejaba de ver en esos escritos las torpes formas de un escribiente mediocre. Anoche traté de creer en lo que ella creía, de ver como ella lo hacía, de comprender en dónde radicaba el gusto que ella obtenía. Pero no conseguí hacerlo, me quedé como detrás de un vidrio, o de una ventana, o de cualquier superficie transparente que me separase del otro, donde residía sus razones, gustos y sensaciones. Por último, por decirlo menos, me quedé abismado, creyendo que a pesar de que no hubiesen certezas, tampoco podía afirmar con seguridad mis dudas.
domingo, 19 de octubre de 2008
Comentarios livianos y otras liviandades (1)
http://www.elespectador.com/opinion/columnistasdelimpreso/juan-carlos-botero/columna84607-hoy-literatura-pesa-poco
Ahora bien, los ejemplos que Botero incluye para defender lo que cree su posición no son quizás los más afortunados. Cita el escándalo que produjo El código Da Vinci, tal vez olvidando que ese no es el mejor ejemplo de cómo se "ilumina la condición humana". Asimismo cita otros escándalos que no tienen mucho que ver con lo literario, como el producido por las revelaciones de Günter Grass. Sinceramente parece que Botero confunde la política, la filosofía y casi todo lo demás con la literatura. Si un escritor defiende una posición política no está haciendo propiamente literatura, está haciendo política (o interviniendo en política mejor, para puntualizar).
Eventualmente se puede intentar revisar, desde el limitado punto de vista que nos permite este mundo, la posición de la literatura en la "Historia" o todos sus sucédaneos, y de un análisis riguroso tal vez las conclusiones provocarían otro encendido comentario del Sr. Botero.
Y sin embargo quizá eso no sea la cuestión a resaltar sobre el asunto, sino la confusión que pueden y provocarán las palabras. Para algunos, como Kundera, la levedad es insoportable (si nos atenemos a lo que dice el título de su libro); para otros es uno de los rasgos que debe poseer la literatura del futuro (Calvino). Me inclino a pensar como Calvino, aunque sé por seguro que Kundera y Calvino escriben sobre levedades diferentes. Así me parece que pasa con Chirbes y con Botero; y mientras uno cree defender valientemente una posición, tal vez Chirbes no esté en modo alguno socavando los "principios" de Botero. La liviandad de uno no se puede comparar con la del otro. Y eso debía saberlo Botero, que quizá irreflexivamente denosta de quién supone comprender. Habría, a su vez, que afirmar que la literatura no resulta "trascendental" al ser el centro del espéctaculo, y menos cuando este espéctaculo es el mediático.
Finalmente, supuse interesante referirme al tema porque creo ver en él la raíz de muchas de las polémicas que se suelen gestar en el llamado mundo cultural. Ésta, en partircular, es una perfecta polémica, vacía y sin propósito, en la que uno sobre-interpreta a otro y termina defendiendo lo que nadie estaba atacando.
Por lo demás la literatura puede seguir siendo significativa sin afirmar pesadamente sus "verdades". Al fin y al cabo, y este es mi parecer, no todas las "iluminaciones" de la literatura tienen que producir insomnio.
De búsquedas y nuevas propósitos
Debía enfrentarlo sin más, Marlowe había desaparecido. Frecuentemente me sentía desolado, irritado, me sentía furioso al ser un juguete de una broma incomprensible (y la rabía casi me ahoga al escribir ahora). Solamente por las tardes, al salir con Liliana o al ir a su casa, me aliviaba de algún modo, me distraía; actuaba como si todo aquello del blog nunca hubiese ocurrido, como si no fuera más que un gran agujero negro que se oscurecía con el pasó de los días. Pero era inevitable, y a veces me quedaba mirando las paredes, y a veces me detenía en las calles, y las más de las veces aspiraba con fuerza y recordaba, y todo era pura desolación.
Hoy aún me molesta lo sucedido, pero lo manejo (o creo manejarlo). Al fin y al cabo el pasado queda (por más memoria involuntaria que haya) atrás, o en esa certeza cifro mis esperanzas. Y también en todo lo demás.
Seguramente cambiaré de oficina. Entretanto escribo todo aquello a que me sentía vedado por mi oficio, y reconozco. que como reconoce ese escritor de Si una noche de invierno un viajero, el amanuense vive en el fascinante cruce de dos dimensiones, el amanuense está exento de la angustia de anotar frases con las que ha de cargar, de las que será responsable, sobre las que se verá obligado a precisar, a defender, a olvidar.
Hoy que escribo por mí mismo me parece que siempre escribí para condenarme a mis escritos, y hacer de ellas mi única compañía.
lunes, 13 de octubre de 2008
Sobre algunos encuentros inesperados
Estaba ya acostumbrada a estas dificultades, y a veces no se percataba de lo insufrible que resultaba enfrentarlas cada día. Y por eso fue como una señal de arrobo y casi éxtasis ver que uno de los pocos pasajeros que estaba sentado se dirigía a la salida del automor, y aún más cuando pudo escabullirse hasta el asiento y perderse en sus devaneos, ya no de pie sino en el asiento. Cuál no sería sorpresa (ya suprema) al ver un cuaderno pequeño, de tapas viejas, que al parecer el pasajero había dejado sin percatarse.
Lógicamente este inesperado descubrimiento fue para ella una pequeña espada de Damocles, no querría nadar entre la masa viajera apenas sentarse, pero sabía muy bien que de no intentar por lo menos devolver el cuaderno tendría que lidiar con el remordimiento toda la manaña.
Finalmente se levantó, respiró hondo para que su voluntad no se resquebrajase, y atravesó el apretado pasillo que conducía a la salida, apenas tuvo tiempo de salir antes de que el bus siguiera con su imperturbable recorrido. La estación no estaba menos atestada que el bus, así que Liliana tuvo que escurrirse entre corros de pasajeros descontentos por el atraso de los autobuses. Como una experta funambulista, Liliana supo moverse por medio de la estación hasta la salida donde creyó ver el sombrero del pasajero que había dejado el cuaderno. Entonces apuró su paso, lo tuvo casi al alcance de su mano, cuando el hombre se detuvo y besó galantemente a Luisa (la pelirroja de hace mucho) que con un gesto suficiente señaló al hombre el camino. El hombre, por supuesto, era Marlowe.
Después de oír atento la increíble historia de Liliana, le pregunté en repetidas ocasiones por los lugares, por los rostros de quienes creía habervisto, por detalles. Lamento aceptar que me mostraba incrédulo frente a la versión de Liliana. Le llegué a achacar al astigmatismo severo que sufría la responsabilidad de que tales personas se hubiesen reunido. Fueron minutos en que aplace el mirar dentro de la hojas del cuaderno, la curiosidad me impelía a examinarlo, y sin embargo el terror que experimentaba frente a él era como el de aquellos personajes que saben que la llave de la puerta que van abrir conduce al infierno, y aún entonces abren la puerta y sufren desde entonces su condena. Liliana entristeció por un momento pero pareció entender, en cualquier caso salió afanada quizá más decepcionada por mis preguntas y respuestas que por el insólito incidente de la mañana.
Aturdido, aguardé a Marlowe hasta casi el anochecer. Lo único que se alargó fueron mis ansias, mi angustia. No pude ocultarme a mi decepción, desde hacía días los encuentro con Marlowe eran más distantes, mezclados con una desconfianza que había nacido de gestos y frases que yo no sabía dónde ubicar. Y para colmo trataba de localizar a Liliana sin fortuna, sin el consuelo del diálogo franco que hasta entonces con ella sostenía.
Fueron más sorprendentes, sin embargo, las horas de lectura de ese cuaderno. El cuaderno se titulaba: Diario de Elías Pedrero. Contaba sucesos que paulatinamente se tornaban más confusos y ambiguos, era una suma de historias, de anécdotas, de comentarios, pero también de proyectos. No obstante, con el paso de los días las historías se iban desvaneciendo, los proyectos iban quedando inacabados, el mundo que parecía dibujarse apenas era un boceto de un proyecto que nunca terminaba de completarse. Por un momento parecía que el diario hubiese sido planeado como Si una noche de invierno un viajero de Calvino, después de muchas páginas, esta débil certeza me hacía regresar a la idea de esa novela que se interrumpe pero no porque otra la interrumpa, o porque la digresión de una historia llevase de una a otra, sino porque todo se iba desvaneciendo, como si las historias fueran proyecciones de una máquina que de pronto hubiese dejado de funcionar sin que nosotros, sus lectores, lo percibiésemos.
En algún punto Elías entraba en contacto con un detective norteaméricano (supuse Marlowe) que le presentaba un proyecto más ambicioso, más abstruso, más perverso. La idea era llevar a cabo una especie de proyección del diario en el internet (la prosa de Pedrero está obsesionada con las proyecciones y los juegos de prestidigitador). Pedrero reaccionó con estupor, no entendía como alguien pudiese estar enterado de sus proyectos, que hasta entonces habían estado encerrados en su diario, fuesen de conocimiento público. Marlowe, si es él quien era el detective, le dijo que hoy las formas de espionaje y de conocimiento de la intimidad de los demás era lo suficientemente avanzadas para conseguir esa minucia. Y después le dijo que nuestros mundos no eran sino otra proyección de cuadernos con proyectos distintos, y así siguió sumándole al mundo palimpsestos como si eso tuviese un mínimo de sensatez. Elías, con algo de dificultad, consiguió hacer salir a Marlowe y mantenerlo lejos durante la siguiente semana. Al final de la misma se decidió a salir para pasear como antes acostumbraba, le gustaba siempre andar por las callejuelas más viejas de la ciudad, y mirar la lluvia caer, y a veces anotar imágenes de las que veía con tal de hacer de los incompletos proyectos de su cuaderno algo más vívido. Evidentemente se encontró con Marlowe que sonrió con suficiencia, ya no necesitaba sus servicios, le dijo. Pedrero no pudo disimular su sorpresa. Marlowe entonces le mostró una hoja que dice algo así:
- Contratar amanuense.
- Escribir una enciclopedia de lectores.
- Permitir que el escribiente se desahogue de vez en cuando y escriba frecuentes desprópositos.
- Impedir que el escribiente intervenga en los crímenes de....
Estaba completamente desconcertado. Por un momento imaginé que todo aquello era parte de una gigantesca broma que no era capaz de entender, pero tampoco podía llegar a entender por qué a alguien se le pudiera ocurrir tales tipos de broma.
Por la noche mandé a cambiar las guardas de la oficina y salí en busca de Liliana. No estaba en su apartamento, así que estuve durante un rato metido en el patibulario ambiente de un bar cercano. Bebí largamente, me sentía víctima de una horrible jugada por parte de un vulgar demiurgo, un semidios que nos hace marionetas de sus más crueles jugarretas. De repente, dejé de beber, incluso dejé de fumar, y me miré en uno de los espejos que servían de paredes en el lugar, y creí que esa persona no era yo, sino otra a la que desde hacía mucho observaba, de la que desde hacía mucho escribía y a la que no tenía que sentirme absurdamente ligado.
Volví y encontré a Liliana adormecida. Parecía que los avatares de su trabajo hubiesen hecho olvidar el acontecimiento que había removido mis creencias. La miraba atento, ella respondía comprensiva y atenta, como si nada. Me abrazaba tranquila como tantas otras noches. Y en medio de esa noche espectral no podía dejar de pensar que tenía que haber algo más, que nuestras reacciones debían ser otras y no esas maquinales reacciones que olvidan las pequeñas circunstancias que destruyen nuestras pequeñas religiones. Pero en medio de mi extrañamiento fue viniendo el sueño, y la única certeza que hoy me acompaña es la de continuar con la oficina solo. De persevar y no ser ya una ficha en el juego abstruso de manos oscuras, la certeza de que debo dar mis propios pasos. Me dormí pensando que seguir con la oficina era mi deber, aunque mi deseo por no cejar no fuese sino una absurda venganza.
Primera Enciclopedia de Variedades de Lectores (11)
El escritor no debe asustarse de que el invertido dé a sus heroínas un rostro masculino. Sólo esta particularidad un poco aberrante permite al invertido dar luego a lo que lee toda su generalización. Racine se vio obligado, para darle después todo su valor universal, a convertir por un momento a la Fedra antigua en una jansenista. De la misma manera, si monsieur de Charlus no hubiera dado a la "infiel" por la que Musset llora en La nuit d'Octobre o en Le souvenir el rostro de Morel, no habría llorado ni comprendido, porque sólo por esta vía, estrecha y desviada, tenía acceso a las verdades del amor. Sólo por una costumbre sacada del lenguaje insincero de los prólogos y de las dedicatorias dice el escritor: "Lector mío". En realidad, cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que un instrumento óptico que ofrece al lector para permitirle discernir lo que, sin ese libro, no hubiera podido ver en sí mismo. El reconocimiento en sí mismo, por el lector, de lo que el libro dice es la prueba de la verdad de éste, y viceversa, al menos hasta cierto punto, porque la diferencia entre los dos textos se puede atribuir, en muchos casos, no al autor, sino al lector. Además, el libro puede ser demasiado sabio, demasiado oscuro para el lector sencillo y no ofrecerle más que un cristal borroso con el que no podrá leer. Pero otras particularidades (como la inversión) pueden hacer que lector tenga que leer de cierta manera para leer bien; el autor no tiene por qué ofenderse, sino que, por contrario, debe dejar la mayor libertad al lector diciéndole: "Mire usted mismo si ve mejor con este critstal, con este otro, con aquél".
(En busca del tiempo perdido)
Marcel Proust