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viernes, 28 de noviembre de 2008

Cartas anónimas (3)

Esta semana sólo llegó una carta. Una tensa sensación de aburrimiento se ha posado en mi vida. También una sensacíon de que pronto algo verdaderamente definitivo ocurrirá (como si eso fuera posible).
El escueto mensaje dice:

La vida es una especie de complot...
-Alejandra Pizarnik

sábado, 22 de noviembre de 2008

Cartas anónimas (2)

Las cartas han seguido llegando. Si bien su remitente trata de introducir variedad en cada mensaje, los contenidos siguen teniendo, en últimas, los mismos fines.
Se me ocurrió responderle al desconocido interlocutor describiendo mis rutinas, mis repetitivos paseos, mis acostumbrados silencios. Después renuncié a ello: no sería sino redundar en un blog que gusta de la redundancia (por desgracia).
Mejor me pareció incluir uno de esos textos, un texto que creo bastante elocuente de por sí:

Este hombre, obstinado en el hombre, nos acompaña todas las mañanas a la oficina y no acierta a protestar con resultado eficaz contra la marcha del mundo, pero no aparta la vista de un punto que nadie más que él quiere advertir, si bien es claro que proceden de allí todas las desgracias del mundo que no reconoce a su redentor. Tales puntos fijos, en los que el centro del equilibrio de una persona coincide con el centro del equilibrio del mundo, son, por ejemplo, una escupidera fácil de cerrar, o la desaparición del salero en los restaurantes para evitar que el empleo del cuchillo difunda la peste de la tuberculosis, o la adopción de un nuevo sistema de taquigrafía cuyo incomparable ahorro de tiempo resuelve también en seguida los problemas sociales, o la conversión a un régimen de vida conforme a la naturaleza que puede reprimir la barbarie imperante, pero también una teoría metafísica de los movimientos del cielo, la simplificación del aparato administrativo y la reforma de la vida sexual. Si las circunstancias le son propicias, el hombre se defiende y se ayuda escribiendo, un buen día, algún libro sobre un tema cualquiera, o un opúsculo, o al menos un artículo en el periódico, con lo cual contribuye en cierto modo a la relación de las actas de la humanidad, son además un sedativo, aunque no los lea nadie; de ordinario, sin embargo, atraen a algunos lectores que aseguran al autor ser un nuevo Copérnico, después de presentarse ellos como Newtons incomprendidos. La costumbre de buscarse recíprocamente los puntos de la piel es muy beneficiosa y está muy extendida, pero su efecto no dura mucho, porque los participantes se riñen pronto y se quedan otra vez solos como antes; puede suceder también que alguno reúna alrededor de sí un pequeño círculo de admiradores, quienes con fuerzas conjuntas acusan al Cielo de no apoyar suficientemente a su Hijo Ungido.
-El hombre sin atributos
Robert Musil

domingo, 16 de noviembre de 2008

Cartas anónimas


Esta semana han comenzado a llegar cartas anónimas. Son escritas a máquinas. Su contenido : fragmentos de literatura, supongo que es una manera más o menos evidente de ironizar mis barruntos. Sólo voy a incluir uno de los mensajes porque a decir verdad todas las cartas que me han llegado esta semana tenían un contenido casi que intercambiable. Creo que resultará claro para el lector a que se refería el anónimo remitente:

¿Quieres irte lejos de mi? Muy bien, es una decisión perfectamente respetable. Pero ¿adónde vas a ir? ¿Dónde está ese lejos de mí? ¿En la luna? No está ni siquiera allí, y además no llegarías tan lejos. Así que ¿por qué todo esto? ¿No prefieres sentarte en el rincón y quedarte callado? ¿Eso no estaría un poco mejor? ¿Ahí, en el rincón, que está cálido y oscuro? ¿No me escuchas? Tanteas en busca de la puerta. ¿Y dónde hay una puerta? Que yo recuerde, en esta habitación no la hay. Quién pensaba entonces, cuando construyeron esto, en proyectos tan importantes para el mundo como los tuyos. Pero no te preocupes, no hay nada perdido, una idea así no se pierde nunca, la comentaremos en la tertulia, y podrás darte por pagado con las risas.
-Franz Kafka

domingo, 2 de noviembre de 2008

¿Un nuevo propósito?


Con el paso de las últimas semanas me he venido sintiendo identificado con Edipa Maas, he comenzado a creer que estoy descubriendo una increíble conspiración pynchoniana. Cada señal parece un mensaje, una señal que se suma a un laberinto de símbolos que me excede, un laberinto que es el mundo (evidentemente) Por el momento he preferido dejarlo pasar. A veces me irrita volver a pensar en ello, y creer que falta poco para ver en todo ello la articulada revelación de un plan, del gran secreto del mundo (como si el mundo pudiese guardar secretos semejantes). Pero generalmente no hago nada, sólo sumo coincidencias e incluso llego a anotar de vez en cuando lo que me resulta una nueva curiosidad. Así como van las cosas he decidido, que si he de mantener esta oficina, no es para más. Sé que es inevitable que la selva de símbolos me va ir tragando poco a poco, sé que seguiré esperando una respuesta que, lamentablemente (y de esto estoy casi completamente seguro), siempre se encuentra después del final.

sábado, 25 de octubre de 2008

De las dudas habituales


A mitad de semana estaba revisando, mortalmente aburrido a decir verdad, los archivos de algunos de los informes con los que, al parecer, Marlowe me jugaba una broma pesadísima. Algunos de los papeles los recordaba muy bien, otros me semejaban escritos totalmente, desconocidos, escritos, que por algún error o malentendido se había mezclado con los míos.
Debido a que no tenía más que hacer, empecé a leer y leí casi toda la tarde. Tuve, con el paso de los minutos, que reconocer que los "desconocidos" papeles eran míos; y no sólo eso, me avergoncé por haber sido capaz de garrapatear semejantes barruntos (sé que cada tanto esta oficina parece una sola queja contra mi propia incapacidad, un lamento irritante que no sé cómo detener, o llegado el caso darle una solución). Mientras leía veía la ingenuidad de cada uno de esas ideas, me molestaba profundamente ver como esa persona que había sido capaz de redactar tales "escritos". Me decidí a quemarlos, pero antes me levanté a fumar un cigarrillo, a mirar como casi todos los días la vida por la ventana.
Liliana apareció de repente en la entrada, apresurada me dijo que le acompañara al banco. Ya a esa hora había olvidado que lo había prometido hacerlo y una vez más tuve que salir con ella, hacer una larga fila, lidiar con los empleados que delegaban una y otra vez sus funciones a otras oficinas u otras instituciones, paulatinamente el pago de un seguro o la solicitud de un certificado se convertía en una odisea en que uno se perdía en una madeja de empleados que no sabían muy bien que hacer, pero creían saber quién lo sabría hacer. Evidentemente ese día no conseguimos nada. Durante estas vueltas trataba de leer Tristram Shandy sin fortuna, nada más empezar un párrafo era llamado por Liliana, o algún cliente me pedía un esfero, o un empleado preguntaba si necesitaba alguno de sus innecesarios servicos, etc. De pronto la progresiva digresión no era sino el modo en que se refleja como andaba mi vida, y harto tenía para fijarme en ella.
Por la noche, agotados, Liliana por su duro trabajo, yo por mis malos juegos de palabras; decidimos descansar un momento leyendo (y esta vez pude concertarme un poco más, aunque toda la noche estuve irritado por algo que no supe identificar). Liliana, entretanto, leía con fruición, por cambiar de tema le pregunté qué estaba leyendo y me mostró los papeles que tanto me habían avergonzado por la mañana. A ella le parecían buenos. No supe qué decir, imaginaba que para algunos estaría bien, pero no dejaba de ver en esos escritos las torpes formas de un escribiente mediocre. Anoche traté de creer en lo que ella creía, de ver como ella lo hacía, de comprender en dónde radicaba el gusto que ella obtenía. Pero no conseguí hacerlo, me quedé como detrás de un vidrio, o de una ventana, o de cualquier superficie transparente que me separase del otro, donde residía sus razones, gustos y sensaciones. Por último, por decirlo menos, me quedé abismado, creyendo que a pesar de que no hubiesen certezas, tampoco podía afirmar con seguridad mis dudas.

domingo, 19 de octubre de 2008

De búsquedas y nuevas propósitos

Lo primero que hice la semana pasada fue, y quizá sobre anotarlo, buscar a Marlowe. Ya antes escribí que lo había buscado en los locales que solía frecuentar, para ser sincero sólo lo hice en uno, ese día me sentía agotado (o simplemente decepcionado). Así que desde el martes empecé a buscarlo en los lugares que antes no había revisado, fui entonces andando por bares que siendo más sombríos, se fueron pareciendo en mi cabeza a los demás. Uno y otro parecían ser copias, uno y otro se limitaban a cambiar de canción y de anuncios. Las mañanas comenzaban con una especie de estremecimiento, presentía vagamente el inminente encuentro con Marlowe y con lo inesperado; las tardes resumían ello en un sopor agobiante y pesado, en un aburrimiento que era lo que más se podía parecer a mi desesperación. Al final de la semana seguí frecuentando diversos antros, pero más como un hábito cada vez más insignificante; ya dejé de hacer las preguntas que al principio hacía, ya dejé de anotar los insignificates detalles en los que en principio entrevía pistas que descifrasen el "misterio".

Debía enfrentarlo sin más, Marlowe había desaparecido. Frecuentemente me sentía desolado, irritado, me sentía furioso al ser un juguete de una broma incomprensible (y la rabía casi me ahoga al escribir ahora). Solamente por las tardes, al salir con Liliana o al ir a su casa, me aliviaba de algún modo, me distraía; actuaba como si todo aquello del blog nunca hubiese ocurrido, como si no fuera más que un gran agujero negro que se oscurecía con el pasó de los días. Pero era inevitable, y a veces me quedaba mirando las paredes, y a veces me detenía en las calles, y las más de las veces aspiraba con fuerza y recordaba, y todo era pura desolación.

Hoy aún me molesta lo sucedido, pero lo manejo (o creo manejarlo). Al fin y al cabo el pasado queda (por más memoria involuntaria que haya) atrás, o en esa certeza cifro mis esperanzas. Y también en todo lo demás.
Seguramente cambiaré de oficina. Entretanto escribo todo aquello a que me sentía vedado por mi oficio, y reconozco. que como reconoce ese escritor de Si una noche de invierno un viajero, el amanuense vive en el fascinante cruce de dos dimensiones, el amanuense está exento de la angustia de anotar frases con las que ha de cargar, de las que será responsable, sobre las que se verá obligado a precisar, a defender, a olvidar.
Hoy que escribo por mí mismo me parece que siempre escribí para condenarme a mis escritos, y hacer de ellas mi única compañía.